martes, 5 de octubre de 2010

Evita y el Che: morir joven y ser inmortal

Sin desperdicio,
de Pablo Feinmann.

Que la vida se termina no es la única de sus leyes. Tiene otras. Lo que hace grandes a los seres humanos es que conocen las más dolorosas y siguen adelante, pese a todo, con la certeza de la finitud y la sed de la inmortalidad. Cuando se es joven todo es posible. La vida no tiene límites. Por eso es posible jugársela a cara o cruz. Evita y el Che lo hicieron. A ella la mató el cáncer y muy posiblemente la quemó la militancia, un fuego que era demasiado para ese cuerpo frágil. Meter un volcán en una porcelana, a quién se le ocurre. Al Che lo mató su obstinación, ese arte de urdir la militancia con la aventura, el deseo de hacer la historia. También lo mató un sargento boliviano, asustado, en la escuelita de La Higuera, en medio de la nada, en un mediodía triste. Los dos murieron jóvenes. Morir joven es morir sin la aspereza de los años, sin que a uno se le arrugue la cara o las ideas, o la fidelidad a las primeras promesas. No hay más que ver los destinos que tuvieron los líderes que atravesaron la devastación de los años: Perón, Fidel. Envejecer tiene, entre otros, el costo de la decadencia. Los líderes políticos, envejeciendo, hacen política día tras día, y se opacan con los años los brillos unánimes de los orígenes. Todos (o casi todos) somos puros al comienzo. Pero, ¿quién no ha sentido que traicionó sus sueños jóvenes? O, al menos, no todos. Pero sí algunos y no desdeñables. Bien, el que muere joven muere sin contradicciones. Morir joven es morir sin dejar de ser, por falta de tiempo precisamente, lo que uno es. Evita y el Che fueron una sola cosa: fueron Evita y el Che, para la eternidad. Cuando se habla de los filósofos, de los grandes, siempre se habla de una primera etapa, de una segunda o una tercera. Nunca se sabe cuál es mejor. Tampoco es seguro ni cierto que los años entreguen sabiduría. A veces nos vuelven cobardes. Nos vuelven cínicos y nos reímos de lo que supimos ser. "Las cosas en que he creído, ¡me cache en dié, qué gil", dice Discépolo. Y también: “Somos la mueca de lo que soñamos ser”. Nunca le va a pasar esto a Evita, al Che, a James Dean, a Marilyn Monroe y a todos los que se fueron temprano. Se quemaron en el primero de sus fuegos, que suele ser el más bello, el más luminoso. Después los fuegos se van apagando y quedan las brasas, que dan calor pero no los brillos jubilosos de las elecciones primeras.

¿Se equivocó el Che en Bolivia? Ya no importa. Si me lo preguntan diré que sí, que se equivocó. Pero, ¿desde dónde lo dice uno? Desde la política, desde la estrategia de la guerra. Pero, si no hubiera ido a Bolivia, ¿sería el Che? ¿Sería ese tipo obstinado, corajudo, sufriente hasta la infinitud, fiel con los suyos pero cruel también, exigiéndoles llegar hasta los límites que él, entre ahogos, entre el asma y el patético ventolín, llegaba? Sus cumpas le decían: “No podemos hacer lo que tú haces. Tú eres el Che”. Él, en la intimidad, se confesaba: “Hasta a mí, a veces, me cuesta ser el Che”. Ella era la principal enemiga que Perón tuvo entre 1946 y 1952, sobre todo a partir del trajesastre. Cuando dejó el vestido Dior, se anudó el pelo en la nuca y salió a pelearla con los sindicatos y sus “grasitas”. José Espejo, el sindicalista, le daba el apoyo de los obreros organizados. Y los negros de este país, los negros que la oligarquía odiaba y odia, le dieron su corazón y su esperanza. Evita les sublevó a la negrada. Y si hay algo que no toleran las clases dominantes de la Argentina, los que tienen el poder, los que todavía lo tienen y se escudan en lo que siempre destruyeron, las instituciones, odian al tosco peronismo que nos tocó en suerte porque ahí están los negros, y porque Evita los quería, los tocaba, los olía. Y ésta es una cuestión de clase. No molesten más con Victoria: nunca va a tener la estatura de Evita una señora con abolengo y con campos que fue enemiga de la negrada durante el peronismo y furiosa macartista durante la Guerra Fría, razón por la que le dio una patada al pobre José Bianco que cometió el imperdonable error que la insustancial y pródiga agente cultural de las Barracas de San Isidro castigó: ir a Cuba, ver a Fidel y volver a “Sur”. No, mijito, si sos comunista a “sur” no volvés. Evita, en eso, era como ella: arbitraria, anticomunista también. Pero si Victoria veía un negro, estornudaba. Y Evita le daba un abrazo, le daba una casa, le daba comida y luego, sonriendo, le daba un consejo: “Votá por Perón”.

Evita, para la izquierda peronista de los setenta, fue el Che con polleras. Necesitábamos, los jóvenes de esos años de los que nunca me desdeciré, un ángel de fuego, una llamarada de pureza, un Che Guevara. Ahí estaba: era Evita. Se había muerto joven, se había muerto linda y hasta su último aliento le exigió a Perón que fuera más allá de sí mismo. Por eso, era su verdadera adversaria. “Tenés que matar al milico que hay en vos”. “Tenés que ser un líder revolucionario”. “Fusilalo a Menéndez. Ellos, si ganan, nos van a fusilar a nosotros”. Perón la respetaba, y hasta le temía. Le decía “Negrita”. Y a ella debía gustarle porque les decía “grasitas” a los suyos.

Evita y el Che tenían una diferencia importante, casi teórica. Guevara venía de una familia con linaje. Guevara Lynch, caramba. Cuando uno se llama así tiene el futuro a su espalda y ese futuro le señala y le hace más simple el otro: el que está adelante, el que espera. El Che traiciona a su clase. Descubre el hambre en los leprosarios. Le quita cualquier velo que pudiera enturbiarle los ojos la canallada de Guatemala, el ataque a Jacobo Arbenz. Y se encuentra con Fidel y se sube al Granma y escribe su destino, eligiéndose. Porque esta gente se elige: no la elige su clase, ni su medio, ni las cosas, infinitas, que le dicen en la escuela o le imponen sus familiares. Se eligen: se dan el Ser. Nadie se los impone. Evita, a diferencia del Che, no tenía nada atrás: era una bastarda. Tenía que inventarse por completo. El bastardo es la antítesis del hombre de poder. Por eso: ¿qué tiene que ver Evita con Victoria, que tenía todo detrás, linaje, dinero, profesoras francesas, idiomas? ¿Qué se rebeló contra eso? Fue la opulenta, lujosa rebelión de una niña traviesa. Evita, como Scarlett O’Hara, pasó hambre, comió tierra y, como Scarlett, habrá jurado contra un cielo rojo no comer, nunca más, tierra. Un bastardo se crea a sí mismo. Tiene que darse el Ser porque no es nada. Lo único que tenía era su cuerpo, su belleza de joven pueblerina. No bien lo vio a Magaldi dijo: “Es mío”. Y se fue de Junín. No bien lo vio a Perón dijo: “Es mío”. Estaban en la colecta para el terremoto de San Juan. Evita le dijo a una amiga: “Prestá atención: éste es el levante del siglo”. Y se lo levantó a Perón. Y llegó al poder. Y Perón (cuyo único y verdadero acto revolucionario fue casarse con ella) la llevó al Palco del Colón, para horror de Victoria y las suyas: ¿qué hacía esa actriz, esa prostituta en el lugar de las señoras del poder?

Yo cumplí con ellos: les dediqué horas de trabajo y quedaron en mí como personajes reales y como personajes de ficción. Con el Che hice una obra de teatro. Lo metí en la Escuelita de la Higuera y lo hice discutir sobre la violencia con un ficcional becario Guggenheim. A ella le escribí un guión de cine, que dirigió Desanzo y que una actriz hizo inolvidablemente. Ahora ella está en San Luis y me han dicho que, en algunos actos, pasan los fragmentos del film en que Eva dice sus discursos. Me divierte la cosa: porque esos discursos no son de Evita. Los escribí yo, casi por entero. Es extraña la realidad: la que aparece en la pantalla no es Evita, lo que dice nunca lo dijo pero igual la miran con fervor y le creen. Porque Evita puede más que todos nosotros.

¿Saben qué es morir joven? Ya lo dije, pero veamos otros aspectos. ¿Y si Evita hubiera engordado? ¿Y si el Che hubiera encanecido? ¿Si su vos se hubiera vuelto áspera, ronca, débil? ¿Si se hubiera muerto entre médicos y enfermeras y aparatos de quirófano? Pero no: ahí están. Están como lo que fueron. Y eso que fueron, nunca dejarán de serlo. La música y el milagro de arriesgar la vida por una causa, de rebelarse contra el poder, son las dos más grandes cumbres del ser humano. Chopin, Mendelsohn, Schubert, Mozart y Gershwin murieron antes de los cuarenta años. Como Ernesto Che Guevara. Como Eva Perón. Porque es cierto: los elegidos de los dioses mueren jóvenes. Dejan una marca y solamente esa marca, que tiene la pureza y la perfección y el misterio de lo absoluto

1 comentario:

Joseph Yao... dijo...

es increíble sofía... cuando uno cree que es todo y nada... cuando se es todo y nada... y Somos para dejar de estar... cuando se siente estallar todo dentro de sí mismo.. y parece el último acto de la vida misma... y El Viaje solo comienza.

And the Trip Just Begin?



pd. Gracias, por todo, por escribir, por leer, por ser...

Arte de la semana...(Quino)

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